viernes, 12 de mayo de 2017

Ante El Amparo, ¿qué le queda al Cine Venezolano?


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168. La Boca-Constitución

Buenos Aires, Argentina. Abril. Hace poco frío, pero mucha humedad. Colectivo 168 rumbo a la Av. Cabildo al 2829. El tiempo es atrevido y me desafía a llegar tarde. En efecto, lo logra. Dicen que los minutos en el cine cuestan mucha plata, y yo desperdicié los primeros 15 minutos de aquella inversión que hicieron mis coterráneos gracias a mis malos cálculos y a no saber correr como gacela tras el colectivo que hay que tomar “a juro” y porque sí.//

La película ha empezado y yo paso desapercibida mientras me siento en la primera butaca a la izquierda. Empiezo a entrar en la trama, sobre todo para hacer las asociaciones necesarias e imaginar los primeros 15 minutos de la vida de esos personajes que van apareciendo. No me es difícil: veo que viven en los años 80 de una Venezuela olvidada, y en una población llanera que hace frontera con Colombia. Escucho detenidamente, aprecio el color en la voz de los actores: me identifico, me reconozco; reviso las tomas y los planos que más me gustan, disfruto del paisaje. Lloro. //
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BAFICI 2017

El amparo (2016) del director venezolano Rober Calzadilla, es una muestra de que nuestro cine no está solo y mucho menos desamparado, ¡sino más vivo que nunca! y mira que hacer viajar a estos llaneros risueños y acompasados hasta una sala de un barrio porteño implica mucho papeleo y patrocinio; además de la paciencia, virtud que los venezolanos hemos cultivado en los últimos años, y que en la actualidad nos hace unos expertos en materia de esperar. Sin embargo, y a pesar de la espera, nuestro cine nos cumple, nos representa, crea un hito, trasmuta la ola exitosa, petrolera y de vacas gordas del cine venezolano de los años 60, 70 y 80; se manifiesta y nos acompaña. El BAFICI 2017 ha sido testigo de este sentir, de este orgullo silente; así como cuando la Vinotinto le mete un gol a Argentina en un partido en el que juega Messi, y entonces uno celebra callado: en Venezuela y en cualquier parte del mundo uno celebra callado, como si el fútbol no nos perteneciera. ¿Y el cine? ¿Nos pertenece? ¡Seguro que sí! Y eso también lo agradezco, ¡y lo celebro! sobre todo en estos momentos. El cine nos salva, y a los venezolanos, a los de allá y a los del resto del mundo, nos está resucitando. //
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Aplausos de pie

Se termina la cinta. Aunque sé que es una proyección en digital, yo quiero imprimirle un tono romántico al asunto e imagino que el rollo se ha terminado: así, “en la rayita”, casi rompiéndose como en tantas otras funciones de cine de antaño. No me muevo. Me quedo. Todavía escucho el sonido de la música de los créditos que quedó en el vapor de aquella sala. No me quiero levantar aunque las luces estén encendidas. Escuchar esas voces y esos sonidos que ya se van desvaneciendo junto a la ficción, me hacen sentirme más cerca de mi país. //
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Congreso de Tucumám

Mi espíritu vuelve a Buenos Aires. Camino hacia la estación de Subte Congreso de Tucumán. Me siento rara. Me duele mi gente. Me duele mucho. Me dolerán siempre: los de antes, los de ahora, pero sobre todo me duelen ellos: los desamparados, los ninguneados, como decía Galeano. Camino todavía pensando en El Amparo y en Calzadilla, y agradezco. Agradezco a nuestro cine por darles voz, garganta; por darles una cara, una identidad; por hacerlos existir en la realidad y en la ilusión. Le doy gracias a nuestro cine venezolano por darnos dignidad, por hacernos y rehacernos en las grandes pantallas del mundo. //

Le doy gracias al cine venezolano por hacer de una venezolana en Buenos Aires sentirse más cerca que nunca de eso que tanto teme ir olvidando, poco a poco, con el pasar de los días. //



Buenos Aires; 11 de mayo de 2017.-

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